El árbol de ciruelas.S.

Cuidados ignorados, necesidad latente.

Bienvenidos a mi página: Feminización de Voz, creada a partir de la preocupación por cerrar la brecha que existe en la atención a las minorías.

 

Mi investigación tiene como objetivo guiar la intervención de la VOZ en población transexual. No significa que sea el único foco de atención, pues el propósito es ayudar a los profesionales colegas y los usuarios de los servicios de Fonoaudiología (Terapia del Lenguaje) a unificar conceptos y asumir un rol activo en las necesidades terapéuticas de las poblaciones minoritarias, partiendo del reconocimiento de las barreras que impiden que estos grupos obtengan la ayuda que merecen y, a partir de ellas, encontremos formas de hacer que la terapia sea accesible para todos.

Nos enseñaron a lavar los dientes, a asearnos a diario, a usar desodorante, perfume y mantener una presentación “decente” para salir de casa.  Incluso nos enseñaron a no comer las uñas y a no ensuciar la ropa, pero ¿quién nos dijo algo acerca de los cuidados de  la voz?.

 

Era tan grueso el árbol de ciruelas, que en su intermedio, a dos metros del piso,   formaba una poltrona; dilatando la franja hacia los lados, quedaba libre un espacio de por lo menos un metro, a lo largo y a lo ancho. 

 

En el fragmento raudo unido al tronco y con él  mismo, forjaba el espaldar   que terminaba en punta, con ramas, espanchiradas al frente, hacia los lados y otras que se veian ir hacia el cielo. Del  más opuesto, del lado que colgaba, volvían a  germinar ramajes repletos de hojas grandes, pequeños  retoñes y frutos que transigían la espesura en la cual, incluso, podía taparse una persona. 


Dos metros del piso hasta la silla que trepaba “Carlos”, por un cálido encuentro que ansiaba en las mañanas mientras de a poco captaban su atención las clases aburridas y alguna jugarreta que medio empezaba.   Ascendía la silla y llegaba al trono, regentaba el reino huyendo del pueblo; atrasado y machista, lejano al respeto y a la bienandanza, de raras e inabordables bogas y costumbres.  


No era un Monarca pero en su estrado su poder, sí, absoluto. No debía rendir cuentas a nadie ni sus disposiciones escindían por complacencia a otros. “Su Majestad”,  amo del árbol, al cual denominaba “avión” tenía el dominio sobre  el séquito de súbditos, amigos, todos imaginarios, que sonreían y cedían gustosos a sus pretensiones, ordenes y mandos.

Su Feudo, minúsculo, magno percibía. Con las piernas apeadas, cercando el tronco, destinaba el rumbo de la “nave” que piloteaba, asiendo como controles los chamizos que guindaban por sobre su cabeza.  Los turupes propios y brotes ásperos, puntudos de una que otra ramita naciente, hacìan de tablero de comandos.

 

Aprendió  a leer a los cuatro años, gracias a la enseñanza de  una institutriz y desde entonces la lectura resguardó sus noches y terció entre sus emociones y el contexto, desconociendo incluso, él mismo, lo que tenía dentro.  

 

A los seis ya conocía  historias del mundo, engullía  relatas de tomos de una Enciclopedia y examinaba narras infantiles y otras no tanto, al tiempo que por la radio seguía historias que aportaron al éxodo sin prisa de su fantasía. Clarividente absoluto, pretendía tragar el sol en cada buche de aire que aspiraba.

 

Desde su trono intercambiaba roles; Solin o Kaliman o el hombre bueno, el rescatado o quien tanteaba al héroe para pedir su auxilio,  pero siempre era el macho, vigoroso, fornido, corpulento; perfecto y que dejaba entrever  los músculos de  recias  y apretadas piernas.  ¡Tanta exquisitez hacía eco con su utopía de semidiós… un príncipe!  

 

Se sentía príncipe!.   El, era “Carlos”!.  Carlos el príncipe!.  Carlos porque, seguro leyó en alguna parte, que en España había uno importante, “su Majestad, el Rey”.  Carlos, porque este nombre daba seguridad a su pueril y regordeta, fofa y rolliza  figura, Carlos porque en su fantasía y viajando en su nave, conquistaba doncellas de todas las razas, olores, colores y formas de ojos que conocía a través de sus lecturas y porque todas, todas ellas se abatían de amor tan solo con su apariencia. Él prefería, claro, las de ojos achinados.

Carlos, nombre frecuente que estimulaba internas entelequias y se creía pomposo y hermosísimo cuando realmente era “feo e imperfecto”. Creciò creyendo que un hombre era orgullo, motivo de elogios, conquistador innato y adulado, mientras que la mujer era un estorbo.

 

Piloteando su nave tomaba frutos de los jardines de China, veía a Gulliver tendido al lado de un enorme acantilado y coqueteaba un poco a Blanca Nieves.  Era el príncipe azul de la dormida Princesa que repartía riquezas y comida a los pobres. El héroe que le eseñaron. 

 

Y en cada cita improvisaba un viaje.  Conseguía  sin esfuerzo los montes Himalaya, el Fuji, el Everest,  el Kilimanjaro, el Olimpo y  el Vesubio.  Surcaba la geografía de Europa, de África, de Asia y las Américas y aterrizaba en India, en Persia, Siria, China, Egipto, tropezaba con Aladino, se sentía Aladino, compartía con Simbad; era Simbad!, hendía su ensueño con tantos galanes que asumía, con bonetes,    turbantes, bandas, fajas, con tantas damas pulcras que topaba, pero siempre con la felicidad de ser él! Carlos, el Príncipe!, el futuro Rey, el adonis del universo, el dinámico,  el Piloto, el comandante, el viajero,  paladín de su nave, de su cortejo, de sus visiones, sus marches perpetuos, hamaqueados y arrullados por las cepas rociadas del árbol y en medio de un cálido soplo de la tarde con olor a flores  y a ciruelas.


Su Reino era perfecto. Carlos el héroe, Dios, todo personaje y estrella de leyenda.   Delirante de fábulas que  su mente mordía; protagonista de su propia historia.  Carlos el de vida perfecta, el de ojos inmensos, el de cuerpo precioso y corpulento, el de manos grandes y piernas prensadas, el de rango más alto en la Armada Naval o en el ejército; en cualquier institución con gorras, de esas que alocan las mujeres;  el que conocía todos los idiomas. Carlos en un mundo voluble al resbalar del árbol. Retrocedía en lo que dura un salto y transitaba sin esperanzas con su arrojo maltrecho.

 

Su níveo uniforme, despojaba dominios, agotadoras jornadas y días aburridos, rasgaban el hechizo que relamía solo, secreto. Con la falda bien puesta, medias a la rodilla y el pelo enmarañado, debía irse.   La infanta de la casa, femenina y tierna, mimada y obsequiada; de risa angelical y mejillas rosadas. La hermosa y pura, sin suspicacias y con el alma nueva, dejaba en el árbol de ciruela su condición y su vida turbada en las ramas. Su esencia, reino y principado. 

 

Usando ajustados pantalones llenaba la entre pierna de papeles; deseaba jugar carros, usar guantes de boxeo, tirar piedras y revolcarse en el piso.   Menesteroso y solitario, Carlos era en su naturaleza un niño asido a su mazmorra; el cuerpo de una niña. 

 

Modulaba su voz, queriendo “enronquecerla” bajando el cuello, metiendo la cabeza, aplastando las cuerdas vocales con un tic fatigoso e infrecuente que dilataba la laringe y resultaba punzante y laborioso.   Ambicionaba voz gruesa y adoptaba esquemas que en ocasiones resultaban exitosos; contraía el tono, hablaba quedo, soldaba la barbilla al pecho y estrujaba los ligamentos con fuerza para soltar un “si” o un “no”, en un tono grave ajeno a sus características vocales.  A los seis años sabìa Carlos que para ser un hombre no bastaba un papel haciendo bulto en las piernas, tenìa que modular su voz, al fin y al cabo serìa su verdadera cara.

 

No tuvo frustraciones ni equivocaciones. ¡Tenía claro ser Carlos!  El príncipe que en su interior capitaneaba un imperioso Reino.  Carlos en su árbol y ella a dos metros de éste.  Calcando mohines masculinos de sus hermanos, los verdaderos reyes de su casa y bienaventurada  en medio de un mundo invisible, excelso en taciturna quimera y embelesado en sus conquistas a féminas,  rendidas a sus pies cuando era Kaliman, o era Aladino, Cuando era Gulliver, cuando era Carlos.  Carlos sin concebir por qué era ella, de  pelo largo y faldas, solo se repetía una pregunta, una pregunta a los seis años: ¿Por qué nací sin pene?.